Pelea, la terraza y el vecino

 
Vivía yo , y en virtud de una inédita estabilidad amorosa, con J. Un tipo con el cual habíamos coincidido casi como en un trámite, como si nuestro encuentro hubiera estado pactado en la agenda de nuestras vidas y así nos dedicamos a llenar los formularios correspondientes.

Frío, lo sé, pero esa era mi única manera de ver las cosas y cumpliendo ese paradigma era, o eso creía al menos, feliz.

 

Nuestro departamento era muy cómodo, y tenía una terraza que era mi delirio. Me pasaba las tardes de ese verano candente tomando sol arrullada por el sinuoso ir y venir lejano de personas anónimas y disfrutaba cada momento de mi soledad.

Llevábamos viviendo juntos 6 meses y la verdad es que la nuestra era una vida normal, monótona.
Teníamos un nuevo vecino desde hace poco más de una semana. Vivíamos en un barrio cercano a la ciudad universitaria y no me costó mucho adivinar que Gustavo, tal es su nombre, estaba terminando alguna carrera o algún trajín afín a los estudios.
 
Comencé a notar su presencia desde algunos cruces en el ascensor, sobre todo en los primeros días de su mudanza.
Sus viajes acarreando cosas eran constantes y pude verlo cargando trastos solo con jean su torzo arriba desnudo.
Intercambiamos saludos y como al final J… le terminó ayudando nos fuimos haciendo más familiares.
Gustavo es un tipo de hombre extraño. No tiene lo que se dice una belleza de esas de actor de telenovela en la cara, pero viendo su fisico deluche los demas.

Dios mío, qué ojos. Que Cuerpoo!!..pasaba por mi mente…
La primera vez que me miró un poco más de la cuenta, aunque sólo unos segundos, me sentí como si hubiera viajado hacia algún lugar de remansos y paz, de murmullos dulces mezclados con un perfume, su perfume, de incipientes azahares y duraznos maduros.
Él captó mi turbación y enseguida desconectó sus ojos hipnóticos de mi alma y me saludó con un "nos vemos lueguito", con una sonrisa que contagió la mía en el acto.

Desde ese día comencé a tener sueños inconsistentes con mi raro estilo de vida.

Me despertaba con la respiración acelerada  y de manera inevitable se conjugaban dos elementos: mi vecino y mis viquini totalmente anegadas.

 

Esta especie de escalada en el nivel de los sentidos con lo que tenía que ver con Gustavo coincidía, por azar, de veras que no lo planeé, con un descenso a la mediocridad total en mi relación con J…..
 
La falta de fuego, de pasión y sobre todo de cambios, trazaban un panorama sombrío sobre nuestro futuro.
 
Cada vez más tardes me sorprendían recostada en la terraza, admitiendo como confesor absoluto al sol y la brisa marina que me arrullaba sin poder ni querer decirle que no.
 
Entre esos furtivos despertares, a medio camino entre la lucidez y el ensueño, uno de esos días comencé a percatarme de que latía en el aire una mirada, una invasión a mi figura semidesnuda.
 
El único que tenía la posibilidad de hacerlo, de observarme a sus anchas si quisiera era mi vecino, pero en vez de tomar una actitud de cuidados u ocultamiento, comencé un juego de despreocupación total a medida que pasaban los días.
 
Es así que procuraba variar la posición de la reposera, soltar cada vez más pliegues y ataduras, dejar que el viento levante lo que quiera levantar y todo esto a sabiendas de que tenía un espectador cautivo.
 
En esos afanes, mi situación con J…. llegó a punto de la ruptura. Tal es así, que habíamos dejado de hacer el amor desde hace unas semanas e incluso, y era una de mis excusas, había dejado de tomar las pastillas anticonceptivas para un descanso.
 
Esa noche, todo se había desmadrado en una discusión sin medias tintas, que culminó con su consabido portazo y rauda huida hacia la calle. Como toda pelea, tiene su ciclo de vida y lánguida muerte. Entonces venía el llamado y el desandar de las aguas tumultuosas.
O las flores y la promesa de cambio .Pero mi paciencia estaba en lo más bajo aquella vez.
 
Tomé una botella de vino tinto, dulce uva syrah que bauticé remedio para mis males, y me dirigí a mi querida terraza.
 
En ese momento, esto lo pienso ahora, estaba completamente segura de que todo lo que quería era aislarme del mundo una vez más y dejarme llevar por el alcohol y el sueño en una noche exquisitamente adornada.
De hecho, me quedé semidormida rápidamente y sólo llegaba a mis oídos el murmullo lejano de una ciudad que daba vueltas aún sin poder dormir.
 
Primero, una caricia en el pelo, leve, simple y delicada caricia que me volvía del mundo del ensueño. Luego su mano en mi cara, rodeando mis mejillas, entornando mis ojos, y yo que despierto. Pero el sobresalto es controlado de manera total por sus ojos, sus manos, su beso en mis lágrimas secas y párpados tibios y cerrados.
Lo había hecho.
Cruzó la barrera que nos separaba y comenzó el designio de una travesía inevitable.
Gustavo estaba tomando en sus manos el destino y lo apretaba y acariciaba según una música ancestral, tribal, compuesta para el amor.
 
Le ofrecí mis labios; nuestros cuerpos se acercaban sin control mientras él probaba mis deseos que se revelaban en cada uno de mis besos.
Sus manos desarmaban mi vestido como desenvolviendo una obra de arte, sus cuidados me hacían sentir una pieza muy valiosa, única, deseada hasta el paroxismo. Sus caricias eran ahora pinceladas, torrentes de luz y color que pintaban mi cuerpo como si fuera un lienzo en blanco.
Yo estaba naciendo al mundo de los sentidos, de la belleza, y mi pintor iniciaba con sus caricias mi total entrega.
Descendía sobre mi vientre su cuerpo, sus manos, y sus ojos me besaban como si fueran sus labios. Nuestras respiraciones ya eran un tropel de inconexas explosiones de lujuria y seducción.
 
Sus labios recorrían mi cuerpo hasta llegar a mis secretas intimidades. Allí me elevó con sus manos en mis nalgas y se sirvió de mis mieles como si fueran el último alimento disponible. Lo recuerdo ahora y mis dedos tiemblan con cada palabra.
 
Llegué así a un orgasmo interminable de gritos y jadeos, que abría una puerta, que mostraba un camino lleno de luz hacía un universo peligroso y seductor.
 
Quedé casi desmayada por el placer y cuando recobré algo de conciencia, él estaba mirándome a los ojos como si admirara un cuadro ya terminado. Ya estaba a las puertas del lado prohibido y todo era gracias en cuerpo y en mi boca, que buscó su verga que se volvió fuego y hielo en mi lengua, que devoré con hambre y sed de siglos de insatisfacción.
 
Aquel invasor erguido en mi boca era el alimento eterno; cerraba mis ojos con cada empujón y disfrutaba los gemidos mayúsculos de mi ansiado vecino.
 
Gustavo tuvo que detenerme.
 
Yo sentía su verga palpitar y llenarse de semen y no iba a parar hasta tragarme absolutamente todo. Pero él me apartó con delicadeza y se dispuso a penetrarme. Tomó su garrote y volvió a transformarse en pincel, dibujando mapas meticulosos en mis pechos, mi cuello, mi vientre, con su libido escurriendo caliente, profuso, hasta llegar a la entrada a la gloria. 
Jugueteaba con mis labios vaginales, recorría hacia arriba y abajo como queriéndolos abrir, como si hiciera falta tocar a la puerta. Mis ojos se abrían ante tanta excitación acumulada y le rogaban que me tomara de una vez. Pero sus tortura seguía y provocó mi reacción. Me levanté y me le puse encima.
Me apoyé en sus hombros y suavemente me ensarté toda su verga, milímetro a milímetro, hasta que ya no quedó nada más por meter.
Me movía en círculos sobre él y besaba sus labios y le ofrecía mis pechos, ya colorados de tanto ser  sobados.
Lentamente el ritmo se hizo vertiginoso y cada vez me adhería a su pubis con mayor violencia. Nuestros gemidos se hicieron uno, acompasado, armonioso, y nuestra loca carrera era una guerra, una lucha, nuestros cuerpos se cacheteaban sin piedad y en ese último tramo recordé y olvidé en un milisegundo mi total desprotección frente a su esperma vital.
 
Y así me liberé de todas y cada una de mis ataduras, las físicas, las emocionales, las del alma, las del corazón; amé a ese hombre en un abrir y cerrar de ojos, y cuando sus espasmos ya eran evidentes, cuando su verga pedía a gritos descargarse en mi interior prohibido, cuando la puerta del universo de luz ya había sido traspasada, un sonido lejano y cercano comenzaba a llegar a mi conciencia.
 
Su semen llegó como una tempestad, arrasando e inundando todo mi cuerpo y pasado, mi presente y futuro, provocando alarmas generales y desbande de enmohecidos sentimientos, mientras mis uñas eran las que ahora se sujetaban a su espalda en la traza de un nuevo mapa, ceñida a mi hombre a salvo de la tormenta y la mediocridad.
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