La secre con la mano derecha

 
Canela, anda ven y atrápame en un beso- Susurró casi Manuel desde su mesa de trabajo-

Pero Canela no hacia caso, tenían una atracción constante, se miraban, se deseaban pero el juego de pulso que ambos mantenían , no dejaba el brazo a torcer, ese amor por descubrir les atrapara en una historia apasionante.

Manuel buscaba cualquier excusa para dirigirse a ella. Siempre en tono altivo, arrogante, con el fin de demostrarle una fuerza que ella no necesitaba, le ordenaba con ferocidad, discutía cualquier proyecto por el mero hecho de ser mejor que lo que el podía ofrecer.

Hasta que un día ella se cansó y se fue, así de simple, Un día llegó al despacho y ella ya no estaba. Había finalmente renunciado a seguir aportando cosas en un lugar donde nunca se valoraba sus ideas, sus proyectos sus ilusiones, siempre tropezaban con aquél engreído envidioso que se creía dueño de todo, sólo porque fuera el predilecto, la mano derecha del jefe.

Pero Manuel cada vez insistia mas y mas. La veía en todos sus sueños. Cómo deseaba ver esos ojos negros fuego, esa desenvoltura de palabra, esa altivez que siempre encontraba. Esa sonrisa calida, ese saber estar. Esos pechos que se dibujaban bajo esa camisa clásica, ese hermoso culo redondo y grande…

Desde que ella se fue, miraba su mesa con el deseo de un poseso que se siente lleno de insatisfacción por ser consciente de haber perdido una pieza básica y única, que no pudo aguantar tanto embiste de superioridad.

Pero casualmente Canela esa tarde acudió de nuevo a la oficina. Necesitaba una carta de recomendación y los certificados de empresa. No dudó un solo momento, tenía que aprovechar la oportunidad que se le brindaba, por si no había otra.

Hola Canela, me alegro mucho de verte- su voz, sonó tan sumamente cargada de melancolía que trató de componerse, pero era imposible hacerlo, el corazón le traicionaba, le dejaba el ego por los suelos, a los pies de la verdad, como no estuvo nunca-

Vaya…nos vino bien alejarnos. Yo también me alegro de verte- respondió ella tratando de ocultar un dolor emocionado, ya que aquél arrogante le había robado el corazón hasta puntos de su alma insospechados-

Podíamos tomar un café, si tienes tiempo…Y ella se fue con él. Al montar en el coche ambos sabían que no irían a una cafetería, él seguro de tenerla al fin, enfiló la avenida a velocidad moderada, pausada, mirándola sin disimulos fijamente, siendo por primera vez consciente de ese amor delirante y esa mano posada en el muslo recibió una caricia, la señal de que no se necesitaban más palabras ya.

Al llegar a casa Manuel, hizo café. Ella se sentó en el sofá tranquila y serena y tras unos momentos de tertulia, se besaron sin más, lanzándose en un arrollo de ternura pasional, segura, serena, sin miedos, sin indecisiones, sin pasos en falso.

Y los besos en el cuello, suaves, cálidos fueron el abrigo de ambos. Sabían dar placer, eran calientes, perfectos amantes que iban a desencadenar el fuego de la pasión sabiendo tocar todos los puntos álgidos del deseo carnal.

Y toda las caricias acumuladas, todos los deseos contenidos explotaron en un torrente de gemidos, ternura y pasión desenfrenada.

Tras varias horas amándose mutuamente sin darse tregua, repusieron fuerzas y el sexo les tuvo excitados por toda una noche, en la que lo único que les hacía parar eran las ganas de reponer fuerzas o el deseo básico de evacuar fluidos.

Y por la mañana, piel sobre piel, ambos cómplices del amor sin límites, del sexo más salvaje y torturador, supieron que no serían nunca más dos.

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